Jorge Vidal Campuzano.
En el último año, desde nuestra labor de acompañamiento a entidades del tercer sector, hemos reafirmado una convicción: no se puede asesorar de forma efectiva si no se conoce la organización desde dentro. No basta con recibir una llamada para preparar una subvención ni con leer la memoria de actividades o los estatutos. Lo que marca la diferencia, en términos de impacto y coherencia, es establecer una relación cercana, de escucha activa, que permita entender cómo piensa, cómo trabaja y hacia dónde quiere ir cada entidad.
Por ello, hemos apostado por desarrollar procesos iniciales de facilitación en cada acompañamiento. Estas sesiones permiten compartir preocupaciones, prioridades, formas de hacer y visiones de futuro. No buscamos únicamente recopilar información, sino construir una relación de confianza mutua que nos permita caminar juntos en la creación de documentos estratégicos, propuestas de proyectos o memorias institucionales.
Una de las herramientas que más nos ha servido en este proceso ha sido la adaptación del modelo Canvas, originalmente ideado para modelos de negocio. Lo hemos transformado en un esquema práctico que nos permite visualizar de forma compartida los valores clave de la entidad, su propuesta de valor social, sus públicos y sus relaciones, así como los recursos con los que cuenta. Este trabajo visual facilita que las propias entidades tomen conciencia de su potencial y de los aspectos a fortalecer.
Todo este proceso no tiene como único fin generar materiales “bonitos”. Lo que buscamos es coherencia. Coherencia entre lo que se hace y lo que se comunica. Entre la misión de la entidad y los proyectos que presenta. Entre los valores que defiende y los socios con los que colabora. En un momento en que cada vez más convocatorias —públicas y privadas— valoran la alineación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la transición ecológica o la digitalización inclusiva, es fundamental que las entidades puedan mostrar con claridad en qué medida sus actividades se conectan con estas prioridades globales.
No se trata de subirse al carro de la moda, sino de conectar de forma sincera lo local con lo global, lo cotidiano con lo estratégico. Y para ello, hace falta tiempo, escucha y herramientas adecuadas. Como técnicos de proyectos, no estamos solo para redactar ni para cumplir plazos. Nuestro papel es acompañar, traducir, estructurar… pero siempre desde el conocimiento profundo de la entidad y con un enfoque a largo plazo.
Porque cuando se logra esa coherencia interna y externa, las propuestas de proyecto dejan de ser una obligación administrativa para convertirse en una herramienta de transformación real.

